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El alma sabe hacia dónde iluminar; el ego aprende a construir el faro.

A veces creemos que para vivir desde nuestra esencia necesitamos vencer al ego. Pero ¿y si el ego no fuera nuestro enemigo, sino una parte de nosotros que necesita aprender a escuchar?

El alma sabe hacia dónde iluminar; el ego aprende a construir el faro.

Durante mucho tiempo nos enseñaron a desconfiar del ego.

A verlo como el responsable de la comparación, la necesidad de reconocimiento, el control, la exigencia, la ambición desmedida o el deseo de tener razón.

Y, del otro lado, colocamos al alma: pura, sabia, intuitiva, conectada con el amor y con aquello que verdaderamente somos.

Como si para vivir desde nuestra esencia tuviéramos que vencer al ego.

Pero hoy me pregunto si no estamos planteando una batalla que no necesitamos librar.

¿Y si el ego no fuera nuestro enemigo?

¿Y si simplemente hubiera aprendido a sobrevivir, protegernos y abrirnos camino en el mundo, y ahora necesitara aprender a trabajar junto al alma?

Quizás la verdadera transformación no consiste en matar el ego.

Consiste en reconciliarlo con el alma.

El ego sabe hacer. El alma sabe para qué.

Hay una pregunta que muchas veces nos acompaña sin que nos demos cuenta:

¿Qué tengo que hacer?

Hacer más.
Conseguir más.
Aprender más.
Demostrar más.
Ser más productivos.
Llegar más lejos.

El hacer tiene un enorme valor. Gracias a nuestra capacidad de actuar podemos construir proyectos, cuidar a otros, estudiar, trabajar, liderar, crear y transformar nuestra realidad.

Pero existe otra pregunta, más silenciosa:

¿Para qué?

Ahí aparece el alma.

El alma nos conecta con el sentido. Con aquello que nos importa profundamente. Con nuestra intuición. Con nuestros valores. Con esa sensación íntima de estar caminando en una dirección que tiene significado para nosotros.

Por eso me gusta imaginar esta relación de una manera diferente:

El alma sabe hacia dónde iluminar; el ego aprende a construir el faro.

El alma puede decir:

"Por aquí."

Y el ego puede responder:

"Entonces vamos a hacerlo posible."

Cuando el constructor se olvida del propósito

El conflicto aparece cuando el ego toma el volante y se olvida de escuchar.

Entonces podemos pasar años construyendo una vida que, desde afuera, parece maravillosa y que, sin embargo, por dentro nos deja agotados.

Podemos alcanzar objetivos que ya no nos representan.

Podemos decir que sí cuando queremos decir que no.

Podemos convertir nuestro valor personal en una ecuación basada en resultados:

cuánto hago + cuánto logro + cuánto me reconocen = cuánto valgo.

Y ahí el hacer deja de ser una expresión de nuestro ser y comienza a convertirse en una forma de demostrar que somos suficientes.

El ego corre.

El alma presencia.

El ego pregunta:

"¿Qué van a pensar?"

El alma pregunta:

"¿Esto es verdadero para mí?"

El ego busca aprobación.

El alma busca coherencia.

El ego quiere controlar el resultado.

El alma aprende a confiar en el camino.

Y quizás ninguno de los dos necesita desaparecer.

Necesitan escucharse.

El alma sin ego también puede quedarse en una idea

Pero hay otra cara de esta historia.

A veces hablamos del alma como si conectar con ella significara simplemente sentir, intuir, soñar o esperar señales.

Y tampoco alcanza.

Una intuición necesita encarnarse.

Un propósito necesita acciones.

Un sueño necesita estructura.

Una visión necesita límites, decisiones, organización y perseverancia.

Ahí el ego puede convertirse en un gran aliado.

Porque el ego también contiene nuestra identidad, nuestra capacidad de tomar decisiones, poner límites, desarrollar habilidades, sostener compromisos y relacionarnos con el mundo.

El alma puede tener el mapa.

Pero alguien tiene que caminar.

Una nueva alianza

Tal vez no necesitamos preguntarnos:

"¿Ego o alma?"

Podemos empezar a preguntarnos:

"¿Cómo pueden trabajar juntos?"

Imaginemos una conversación:

—Alma, ¿hacia dónde vamos?

—Hacia aquello que es verdadero para nosotros.

—¿Y cómo llegamos?

—Escuchando, sintiendo y confiando.

—Bien —responde el ego—. Entonces yo voy a organizar, aprender, actuar, poner límites y construir lo necesario.

—Pero recuerda algo —dice el alma—. No necesitamos demostrar nuestro valor.

—Lo sé —responde el ego—. Esta vez quiero construir porque amo lo que estamos creando, no porque necesite que alguien me diga que soy suficiente.

Quizás eso sea madurar.

No dejar de tener ambición.

No dejar de querer crecer.

No dejar de construir.

Sino cambiar desde dónde lo hacemos.

¿Quién está conduciendo tu vida?

Podemos observarlo en cosas muy sencillas.

Cuando tienes que tomar una decisión importante, ¿sientes urgencia o claridad?

¿Estás diciendo que sí porque realmente quieres o porque temes decepcionar?

¿Estás persiguiendo un objetivo porque expresa quién eres o porque necesitas demostrar algo?

¿Estás trabajando desde la inspiración o desde la obligación permanente?

¿Tu esfuerzo te acerca a ti o te aleja de ti?

No todas las respuestas serán evidentes.

Por eso quizás la práctica no sea interpretar inmediatamente, sino detenernos.

Respirar.

Volver al cuerpo.

Escuchar.

Y preguntarnos:

"¿Qué parte de mí está tomando esta decisión?"

No para juzgar al ego.

Para conocerlo.

El ego también merece amor

Quizás una de las formas más profundas de sanar nuestra relación con nosotros mismos sea dejar de luchar contra las partes que alguna vez necesitaron protegernos.

Nuestro ego probablemente aprendió muchas cosas:

A esforzarse.

A buscar aprobación.

A anticiparse.

A controlar.

A ser fuerte.

A no fallar.

A conseguir.

Y quizás alguna vez todo eso fue necesario.

Podemos agradecerle sin dejar que siga conduciendo solo.

Podemos decirle:

"Gracias por haberme protegido. Ya no necesitas hacerlo de la misma manera."

Y enseñarle algo nuevo:

"Ahora podemos construir desde el amor."

El faro

Me gusta pensar en el ser humano como un faro.

El alma es esa luz que sabe hacia dónde iluminar.

El ego es quien aprende a construir la estructura que permite que esa luz llegue más lejos.

Necesitamos ambos.

Porque una luz sin estructura puede perderse en la oscuridad.

Y una estructura sin luz puede convertirse simplemente en una construcción vacía.

Cuando alma y ego dejan de competir, algo cambia.

Ya no hacemos para demostrar quiénes somos.

Hacemos porque sabemos quiénes somos.

Ya no buscamos afuera la confirmación de nuestro valor.

Construimos desde un valor que reconocemos dentro.

Ya no intentamos apagar el ego.

Lo educamos, lo abrazamos y lo ponemos al servicio de algo más grande que la necesidad de ser reconocidos.

Quizás la verdadera libertad no sea vivir sin ego.

Quizás sea poder decirle:

"Tú construyes.
Yo te muestro hacia dónde.
Y juntos vamos a iluminar."

Porque al final,

el alma sabe hacia dónde iluminar;
el ego aprende a construir el faro.

Y cuando ambos se hacen amigos, nuestra vida deja de ser una batalla interna y puede convertirse en una expresión de aquello que verdaderamente somos.


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